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Historias de vida

Martín, el mbya guaraní que estudia medicina en Cuba, votó por primera vez

Martín, el mbya guaraní que estudia medicina en Cuba, votó por primera vez

 

Martín Paredez, el joven mbya guaraní que estudia medicina en Cuba, votó por primera vez en su vida en estas elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias que se desarrollan este domingo 14 en Argentina.

Poco minutos antes de las 11, Martín emitió su voto en la mesa 191 de la escuela 730, en la Chacra 149 de Villa Cabello, en Posadas, barrio en el que vivió gran parte de su vida.

Este misionero está de vacaciones en Posadas, ya que desde hace cinco años vive en Santa Clara, Cuba, donde estudia medicina gracias a una beca del Gobierno cubano y el apoyo de su familia y la dirección de Asuntos Guaraníes de la provincia de Misiones.

“¿En serio puedo votar?”, preguntó Martín cuando le informaron que figuraba en los padrones, apenas dos días antes de los sufragios. “Nunca voté… que bueno que voy a poder votar”, exclamó entre risas, nervios y ansiedad.

Cuando llegó a la mesa, una de las fiscales lo reconoció por las notas que le hicieron en los medios posadeños: “¿sos el chico que se está por recibir de médico en Cuba, cómo va eso?”, le preguntó y Martín, tímido, respondió que le va “bien, me falta sólo un año, ya estoy terminando”. “Que orgullo y que suerte que votes en nuestra mesa”, le dijo la mujer, sonriente.

 “Y Martín, ¿qué se siente al votar?”, preguntó el periodista: “me sentí bien, con un poco de nerviosismo pero estuvo bueno; fue medio raro… me gustó…, no se; estoy contento por haber votado, está bueno si”, dijo el joven, entre risas.

Afuera de la escuela los amigos de Martin aguardaban su regreso. Al salir, las cámaras de dos canales de la televisión local ingresaban a la escuela  detrás de una funcionaria y al verlos, Martín los esquivó, tímido de las notas, y se escabulló festejando la hazaña con sus amigos.

Martín tiene 26 años. Nació el El Alcázar, Misiones, y a los dos años vino a vivir a Posadas, proveniente de la aldea Perutí, cuando sus padres, Dominga Ramos e Isabelino Paredez marcharon a la capital provincial para que el jefe de la familia haga la escuela primaria y la secundaria. “Después estudió enfermería”, cuenta Martín de su padre.

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El jerarca nazi de la selva

El jerarca nazi de la selva
Martin Bormann fue la mano derecha de Hitler. El mito dice que pasó sus últimos años, oculto, en una resguardada vivienda que hoy está en ruinas, en San Ignacio, Misiones. No hay información oficial sobre su presencia en Misiones, aunque si demasiados rumores, desde la época en que Juan Domingo Perón presidía la Nación y habría facilitado el ingreso de los criminales de guerra que se mimetizaron en sudamérica.

Posadas. El mito de que Martin Bormann, el más fiel servidor de Adolfo Hitler, sobrevivió a la muerte de su jefe y terminó sus días en algún lugar de Sudamérica, lleva más de medio siglo de vigencia y alcanza a la ruina de una casa del actual Parque Provincial del Teyú Cuaré, en San Ignacio.

Protegida y destruida por la selva, los vestigios de una vivienda confortable, poco frecuentes para el lugar y la época, invisible desde el río, guardan el secreto de un hombre de aspecto alemán que nadie quiere o puede develar pero que los lugareños le asignaron una identidad: era Martin Bormann, el lugarteniente de Hitler, identificado en varias oportunidades a través de relatos y fotografías que aseguran que ese colono cincuentón, que se llegaba al pueblo a vender frutas y verduras empujando un carro, era el propio Bormann, andando y desandando los mismos caminos que recorrió Horacio Quiroga.

Son tres casas en ruinas, cubiertas por la vegetación y afectadas por el tiempo, las que conformaban el predio. En una de las paredes internas, una gran cruz esvástica gastada en el revoque de cemento le imprime mayor realismo “a la casa de Bormann”.

Fue una casa importante, grande, imponente, con bañera azulejada y caños que distribuían agua potable por dentro, con con sótano y habitaciones de resguardo, muy bien diseñadas, ubicadas estratégicamente para que la naturaleza la oculte entre sus ramas si alguien observa desde el río o de sde los campos de Paraguay, ubicados muy cerca.

Las casas muestran “las ruinas de un complejo de viviendas de tres casas con miradores y comodidades, construidas en los años 50, con las mismas piedras de las reducciones jesuíticas, para albergar a un hombre desconocido y solitario, que tenía guardias, y que desapareció a principio de los años 70.

No hay información oficial sobre la presencia de Bormann en Misiones, aunque si demasiados rumores, desde la época en que Juan Domingo Perón presidía la Nación y habría facilitado el ingreso de los criminales de guerra que se mimetizaron en Misiones, Córdoba y la Patagonia, además de Paraguay, Brasil, Chile y Uruguay, después que cayó Hitler.

Las ruinas de la casa habla de una vivienda imponente, enclavada en un lugar de privilegio, con una vista que permite controlar grandes extensiones de terrenos tanto en Argentina como en Paraguay, a simple vista. Los miradores estratégicamente ubicados y hasta los pozos donde se presumen que descendían a peones y empleados aborígenes para ser castigados, dan cuenta que ahí vivió alguien especial, que previó un sistema de vigilancia y de control. Si fue Bormann -dicen en el pueblo-, fue un hombre pacífico de poco trato con los vecinos y bastante parco, amparado quizás por su dificultad de hablar bien en español.

Después que desapareció, el monte avanzó sobre las viviendas y las destruyó, aunque las paredes en pie dan cuenta de la importancia de la residencia, en esta comarca tranquila, plagada de historias.

¿Caminó Martín Bormann las calles de arena de San Ignacio, la costa del río que inspiró a Quiroga? ¿Estuvo en Misiones el último hombre fiel a Hitler que, junto a Goebbels, los dos únicos testigos del casamiento del führer con Eva Braun, también fueron los que participaron de la decisión más importante de los hombres fuertes del régimen, cuando se acercaba el final: Hitler y Braun se casarían, harían testamento y luego se suicidarían.

El general de la SS

Bormann nació en 1900; con 25 años ingresó al nacionalsocialismo después de pasar por la cárcel por un crimen político. Fue general de las SS y jefe de Estado Mayor de Rudolf Hess. Cuando éste partió para Londres, Bormann lo sustituyó como jefe de la Cancillería y se convirtió en el hombre de confianza del Führer y en el ejecutor de sus órdenes, cuando apenas superaba los 40 años de edad.

La historia dice de Bormann que fue uno de los últimos que vio a Hitler con vida pero también que murió un día después de su jefe político, al intentar abandonar Berlín a través de las líneas soviéticas. En ausencia, fue juzgado en rebeldía y condenado a muerte por el tribunal de Nüremberg.

La higuera crece imponente sobre las piedras. La casa está destruida pero aún conserva muchas paredes en pie. La escalinata, la galería, las distintas habitaciones, el sótano y lo que parece ser una cocina no dicen mucho, aunque el baño, también destruido, muestra vestigios de lo imponente que fue.

"Los vecinos, los pobladores más viejos, están convencidos que acá vivió Bormann", explica como tantos otros, el guardaparques Marcelo Fleitas. "Sea verdad o sea mentira, es uno de los mitos del pueblo y ya se convirtió en una leyenda popular, porque tampoco nadie sabe quién otro pudo vivir acá", aseguró.

La confusión

Después de la caída de Hitler, la red internacional de partidarios nazi ayudó a sus adherentes a escapar hacia Buenos Aires, con la ayuda del Vaticano y la Cruz Roja, para pasar al anonimato. Juan Perón los protegió e incluso envió a Viena 8000 cédulas y 2000 pasaportes argentinos que distribuyeron entre los nazi, dicen.

Nadie supo más de Bormann: lo vieron en Europa, Bolivia, Paraguay, Chile y Argentina. El ADN de un cráneo hallado en Berlín confirmó, en 1998, que era el de Borman. Aún así, dicen que entró a América en 1948 como Ricardo Bauer y que murió en Paraguay en 1959.

Cuando EEUU recibió un informe sobre la presencia de Bormann, en "Posadas, provincia de Misiones", pidió al Gobierno argentino que investigara. Este ordenó a la Federal que fuera tras los pasos de Borman en "Posadas, provincia de Mendoza". La policía informó que esa ciudad no existía, y rápidamente abandonó la investigación.

Kaaguy Porá, el “monte lindo” guaraní

Kaaguy Porá, el “monte lindo” guaraní Los ojos del extranjero se sienten interpelados por esta extraña mixtura entre lo salvaje y lo civilizado, lo ancestral y lo moderno. La aldea Kaaguy-Porá, que en lengua nativa significa “monte lindo”, está ubicada a las afueras de la localidad de Andresito, en la provincia argentina de Misiones.

Santo Domingo, República Dominicana (EFE). La aldea Kaaguy-Porá, que en lengua nativa significa “monte lindo”, está ubicada a las afueras de la localidad de Andresito (1.400 kilómetros al noreste de Buenos Aires).

En el extremo noreste de Argentina, a pocos kilómetros de la frontera con Brasil y enclavada en plena selva, una pequeña aldea de mbyá aborígenes guaraníes abre sus puertas para mostrar su forma de vida. Una experiencia que interpela a los visitantes sobre los alcances del encuentro entre culturas.

A una hora y media de las Cataratas de Iguazú, uno de los principales atractivos turísticos de Argentina, una comunidad de aborígenes guaraníes recibe a viajeros curiosos que buscan acercarse a un modo de vida completamente distinto, en pleno contacto con la naturaleza.

La aldea Kaaguy-Porá, que en lengua nativa significa “monte lindo”, está ubicada a las afueras de la localidad de Andresito (1.400 kilómetros al noreste de Buenos Aires), en la provincia de Misiones y a pasos del río Iguazú, que marca frontera con Brasil. El camino hasta la aldea adentra, paso a paso, a un mundo diferente.

Desde Andresito hay que recorrer unos 15 kilómetros de caminos ondulantes de tierra colorada que se bifurcan entre plantaciones de yerba mate y áreas selváticas.

Casas de troncos y cañas

Es mediodía y el sol candente del verano pega con dureza. Al pasar por un puente, la vista se detiene en un arroyo. Unos niños se bañan desnudos en las refrescantes aguas. El padre lava unas prendas sobre las rocas.

Ya cerca de la aldea, tres jóvenes mujeres guaraníes con sus pequeños hijos caminan por un angosto sendero a la vera de una plantación de yerba.

Inmediatamente, surge la pregunta: qué hacen por allí con este calor agobiante. “Estamos paseando”, responde tímidamente Lucía, quien junto a las otras jóvenes nos indica que estamos en el camino cierto. De hecho, pronto comenzamos a divisar las primeras casas de la aldea.

Aquí viven unas 180 personas, agrupadas en 28 familias. Sus casas están hechas con troncos de árboles y cañas, con techo a dos aguas cubierto de paja. En el interior, un ambiente único, el piso es de tierra.

Las primeras sensaciones del visitante deambulan entre la curiosidad y cierta culpa por perturbar la intimidad de los lugareños.

Pero los guaraníes, una vez vencida lo que parece ser cierta timidez inicial, dejan que uno mire y haga preguntas.

Lo que llama la atención son los elementos que no se espera encontrar allí. Tendidos de cables de energía eléctrica. Una moderna escuela pintada en colores pasteles. ¿Desarrollo o “contaminación” de un modo de vida milenario?

Al espiar en el interior de una de las casas, un televisor sobre el piso de tierra es uno de los pocos elementos que llenan el ambiente...

La vestimenta también llama la atención. Los antiguos guaraníes solían ir y venir por los estrechos senderos selváticos prácticamente desnudos. Pero casi todos aquí usan ropa “al estilo occidental”: vaqueros, camisetas y faldas.

Los ojos del extranjero se sienten interpelados por esta extraña mixtura entre lo salvaje y lo civilizado, lo ancestral y lo moderno, y recorren esa delgada línea que distingue la pobreza de una vida despojada y natural.

Viviendo de la artesanía

Al resguardo de la sombra que ofrece el alero de su casa, Ramón se ofrece a mostrar su trabajo: tallas de animales autóctonos realizadas con maderas de la zona. Entre las piezas destacan los yaguaretés -una especie de felino salvaje- que colorea con pigmentos naturales.

“Los vendo a 20 pesos (6,5 dólares). Pero si los vendo a los turistas en el Parque Iguazú, los cobro 50 pesos (16 dólares)”, confiesa Ramón.

Casi todos aquí viven de la artesanía. El Parque Nacional Iguazú, que a unos 60 kilómetros al oeste de la aldea atesora a las imponentes Cataratas del mismo nombre, ofrece a los guaraníes un lugar para vender sus tallas, collares con semillas y cestos de fibras vegetales al millón de turistas que cada año visitan ese lugar. La comunidad Kaaguy-Porá fue creada en 1987. Cubre una superficie de 170 hectáreas y sus habitantes tienen desde 1994 los títulos legales de propiedad de la tierra. Gran parte del área es de selva paranaense, uno de los ecosistemas de mayor biodiversidad de Argentina.

De hecho, la etnia de los mbya guaraníes fue durante varios siglos dueña y señora de vastas extensiones de selva de lo que hoy es el sur de Brasil, Paraguay y el noreste de Argentina. Desde el siglo XVI, el “hombre blanco” les fue acorralando y actualmente, en la provincia de Misiones, sobreviven unos 5.000 dispersos en 76 comunidades. Con todo, mantienen ese apego por la selva, que es fuente de alimentos y de remedios naturales. En Kaaguy-Porá los animales salvajes, como los monos caí y los tucanes, deambulan por la aldea como un habitante más.

Siguiendo el recorrido por la comunidad, se asciende por una loma, atravesando maizales. En la cima está el templo y a un costado las ruinas de otro.

“Cada templo dura unos quince años. Esperamos que se venga abajo para construir uno nuevo, pero lo que queda del viejo seguirá allí hasta que desaparezca”, explica Marcelo, de 26 años, cuyo nombre guaraní -que no suele revelar a los extraños- es Kuarahy, “el sol”. El templo, que por fuera luce como una casa más pero es de mayores dimensiones, es el único sitio donde no nos dejan ingresar. Ni siquiera mirar.

Marcelo abre la pequeña puerta del recinto sagrado con sigilo, para que no echemos ni un vistazo al interior, y saca unos cuantos instrumentos musicales. Toma una guitarra de cinco cuerdas y da a su mujer un takuapú, instrumento hecho con caña que produce un sonido profundo al percutirlo contra el suelo.

Los guaraníes respetuosos de los mayores

Junto a sus hijos interpreta una canción en lengua guaraní. Las voces son dulces y la melodía transmite una alegre serenidad.

Marcelo explica que es un canto a Ñamandú, “el principio” o “el sol de la mañana”, divinidad a la que cada noche todos cantan en el templo para consultarle sobre los pasos que darán en el nuevo día.

El dialecto que utilizan es diferente al guaraní que actualmente hablan unas cinco millones de personas en Paraguay, el sur de Brasil y el noreste de Argentina.

El grupo vuelve a cantar. Marcelo se encarga nuevamente de traducir: “Cristo nació, sufrió un poco y murió en la cruz por nosotros”... El auditorio se queda sin comentarios.

El templo es también lugar para los bautismos y las curaciones. Un sacerdote anciano o pa’i preside los ritos.

De pies descalzos, Aldana, una de las hijas de Marcelo, corretea libremente por el lugar. Su padre dice con orgullo que la niña comenzará pronto a educarse en la escuela bilingüe del lugar. Claro que hay ciertas enseñanzas que sólo pasan de padres a hijos. “Mi abuelo me llevaba al monte y me enseñaba cuáles eran los yuyos (hierbas) para curar”, relata Marcelo con cierta nostalgia.

Este respeto por los mayores es también la base de la organización social de cada comunidad, liderada por un cacique y un consejo de ancianos.

Los habitantes de Kaaguy-Porá pertenecen a la parcialidad mbyá, que nunca se dejó dominar por los conquistadores europeos ni aceptó ser parte de las reducciones creadas por los jesuitas en esta región en los siglos XVII y XVIII, pero sí mantuvo un comercio esporádico con las misiones, lo que implicó la adopción de algunas pautas culturales ajenas, como conceptos propios del cristianismo, instrumentos musicales y una incipiente tradición hortícola.

Acorralados por la destrucción de la selva y obligados a adoptar una nacionalidad, los guaraníes tienen hoy una mayor interacción con los “blancos”, pero en general siguen a merced de cierta incomprensión. Visitarles e interesarse por su modo de vida puede ser un paso inicial para superar esa marginación.

Avanza el HIV en las cárceles de Misiones

Avanza el HIV en las cárceles de Misiones

Posadas. "No somos nenes de pecho, pero somos seres humanos. Estamos pagando con nuestra salud, además de la pena que nos impuso la justicia, porque la atención médica es deficiente para todos, y más para los que padecemos de HIV. Estamos mal alimentados, mal tratados, sin medicación y sin tratamiento. No sabemos si vamos a salir con vida de acá", denunciaron a El Territorio los internos del penal de Loreto.

El virus de inmuno deficiencia humano (VIH) dentro del sistema penitenciario se transformó en una segunda pena a cumplir, en este caso, sobre la salud de los internos. Poca información en general, desconocimiento de las formas de transmisión y de la manera de prevenir el contagio del virus, que provoca la enfermedad del sida, es la mejor vía de propagación que encuentra este flagelo en cárceles superpobladas y sin condiciones de frenar ni de tratar el problema.

Si bien existen diez portadores de VIH confirmados en Loreto, un estudio extra oficial al que tuvo acceso El Territorio, a través de una investigación periodística y corroborada por una fuente de Salud Pública que pidió no ser identificada, los casos serían muchos más de los que admiten las cifras oficiales.

En ese contexto, los propios internos también confirmaron que hace cerca de cuatro meses, se les practicaron los exámenes de VIH a 70 internos voluntarios pero estos aún no recibieron los resultados. La Ley Nacional de Sida (23798) establece que los infectados deben ser los primeros en conocer su situación, y que su identidad no debe ser revelada para evitar casos de discriminación. La misma reglamentación estipula que la notificación de casos de enfermos de sida deberá ser practicada dentro de las 48 horas de confirmado el diagnóstico. Pero a cuatros meses de estos exámenes, sólo cuatro internos, de los 70, tuvieron acceso a esta información.

En la visita al penal de Loreto se conocieron algunos detalles: el trabajo estuvo a cargo del Programa Provincial de Sida, cuyos responsables brindaron una charla sobre cómo prevenir contagios, también se supo el nombre de quien tomó las muestras de sangre. Cuando este diario consultó a esa persona sobre este tema, se limitó a confirmar que sacó las muestras pero que no tuvo acceso a los resultados, además de aclarar que los únicos que pueden brindar esos datos son los responsables del Programa Provincial del Sida y del Ministerio de Gobierno.

"No pueden atendernos"

En Loreto, los internos con VIH aseguran que están "desprotegidos y condenados a muerte" porque no todos reciben los medicamentos, les retacean la atención médica, y las condiciones de limpieza y la alimentación son pésimas. "Fijate hasta qué punto juegan con la gente: vinieron hace cuatro meses a hacer los test a 70 voluntarios, pero no entregan los resultados; sólo entregaron algunos y de a poco, pero el resto estamos desesperados porque no sabemos en qué condición estamos. Por nuestros familiares nos enteramos que en la radio dijeron que de los 70, hay 50 infectados, pero no sabemos quiénes somos. El Gobierno está cuidando estos datos porque si ni siquiera pueden atender a los ocho que están confirmado desde hace tiempo, menos van a poder dar atención y contención al resto, porque no están en condiciones de hacerlo", enfatizaron los internos de Loreto.

En ese mismo contexto, se mostraron molestos porque el gobierno difundió el lunes 2 de diciembre que existen trece casos confirmados en Loreto sobre los 272 internos. "Eso es mentira, porque sólo hubo 70 voluntarios sobre los que se hicieron las muestras. Nadie conoce la situación del resto, ni siquiera se conoce el resultado de la mayoría de los 70, por la sencilla razón de que no entregaron los resultados. Cómo pueden entonces afirmar que de 272, sólo trece tienen HIV. Primero dijeron que había 50 infectados y después se tiraron atrás".

El disparador

El Territorio comenzó esta investigación a partir de un dato que es vox populi en los pasillos de la Facultad de Ciencias Exáctas, Químicas y Naturales de la Universidad Nacional de Misiones. Los datos recabados fueron corroborados por una fuente confiable del Ministerio de Salud Pública que pidó la reserva de su nombre. Se pudo saber que el Programa Provincial de Sida y personal de la Facultad de Bioquímica hicieron el relevamiento sobre VIH en 70 internos voluntarios de Loreto. Una vez que tuvieron los primeros resultados por el método conocido como Elisa, los casos positivos superaron el 50 por ciento de la muestra, pero como pueden existir falsos positivos, se necesita la confirmación a través del método Western Blot (WB), que no tiene posibilidad de error. Pero esa confirmación no se realizó en tiempo y forma e, incluso, puede que todavía no se haya hecho sobre las muestras originales sino que derivó en nuevos estudios, con otros métodos, mientras ganaban tiempo para dar forma a un programa oficial "que facilite a los internos los mecanismos de prevención de enfermedades infecto contagiosas", como finalmente se anunció la semana pasada.

De ser reales, los primeros resultados que aún no habrían sido confirmados por el método de WB (y si fueron confirmados, no llegaron a los internos), deja al descubierto que las condiciones actuales de los penales favorecen la propagación del virus que causa el sida y lleva a los internos a cumplir una segunda pena, esta vez sobre la salud.

La fuente aseguró que el tema causó tanto revuelo interno que toda la estructura de Salud Pública está enterada del tema. Incluso, dijo, que el nuevo programa que pretenden poner en práctica en los penales es el trabajo de tesis de un alumno, que los responsables del Programa Provincial de Sida "tomaron sin autorización pero que accedieron a ese trabajo pidiéndole que sea voluntario en el programa y que después lo dejaron afuera". Justamente este dato, del que se habla en los pasillos de Exáctas, fue el disparador de esta investigación que derivó en la situación de los internos con VIH de Loreto.

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Drogas de todo tipo

Un estudio, al que El Territorio tuvo acceso en forma confidencial, revela que el consumo de todo tipo de drogas es frecuente en el penal de Loreto. Pero al margen de esto, el equipo periodístico que ingresó al lugar confirmó esos datos con el testimonio de los propios internos.

El consumo de drogas (con intercambio de agujas), los tatuajes y las relaciones sexuales son vías de contagio del VIH si no se toman los recaudos. Un preso denunció a este diario que fue violado en el sector de máxima seguridad por otros cuatro internos y los pocos que admitieron que mantienen relaciones sexuales, dijeron que no utilizan protección.

La misma fuente que aseguró que se pretende minimizar la cantidad de casos de VIH, denunció, con pruebas en la mano, que sobre una muestra de 70 personas, el 47 por ciento admitió que consume drogas. Los estupefacientes más frecuentes dentro del penal son marihuana, cocaína, psicofármacos, LSD y éxtasis. También dijo que el 51 por ciento de los tatuados, se tatuó dentro de la cárcel y que el 63 por ciento de los que mantienen relaciones sexuales no utiliza preservativos.

"Mientras no se admita, más allá de lo legal, que el intercambio de agujas (por drogas o tatuajes) y las relaciones sexuales consentidas o por violación son frecuentes en los penales, poco se podrá hacer para frenar la propagación del sida. Los esfuerzos tienen que estar concentrados en atender a los enfermos, con la medicación y la alimentación correspondiente, pero también en educar a esta población para que sepan cómo cuidarse", aseguró la fuente. Pero también dijo que algunos infectados de VIH canjean su alimentación especial por pastillas.

La salud desprotegida

En el sector de los inimputables, un par de alojados admitió ante El Territorio que más allá de la medicación, que es necesaria y que no tienen, los psicofármacos les permite evadirse de la situación en que se encuentran. Reclamaron que alguien se ocupe de ellos, que algunos están ahí por problemas psicológicos y no por delitos, y otros, aunque estén condenados, aseguran que no deberían estar alojados en ese pabellón, en condiciones infrahumanas.

Los responsables del penal y los propios internos coinciden en que lo que más falta hace es comida, elementos de limpieza (jabón, dentífrico, lavandina, máquinas de afeitar) y medicamentos.

Las posturas contradictorias se producen cuando hablan de atención médica y psiquiátrica, calidad de la comida, buen trato del personal y condiciones dignas de vida. Para los penitenciarios esos aspectos son buenos y para los internos, son pésimos. "Si estás infectado, es mucho peor: si tenés sida directamente sos un gusano. El mejor ejemplo que tenemos para demostrar que nos dejan morir es nuestro compañero (Marcelo C.) internado en este momento en el hospital. Lo tuvieron tirado en una celda sin que lo viera el médico, por semanas; cuando no dio más, lo llevaron al Madariaga, y allá se está muriendo. Si atienden nuestra salud, que alguien nos explique porqué este muchacho está en esa situación. Hay dos chicos más, afectados de HIV, que no reciben la alimentación adecuada pero lo más grave, hace meses que no reciben los medicamentos sólo porque al médico se le ocurrió que no los va a atender", denunciaron.

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La carta de la esperanza

 

La carta que los presos con HUIV dirigieron al gobernador Carlos Rovira y cuya copia entregaron a la prensa.

 

Señor Gobernador ingeniero Rovira:

Nos dirigimos a usted los internos afectados por el virus de HIV (sida) alojados en la unidad I - Loreto- con el fin de que revea nuestra situación judicial y por conveniente nos otorgue una "excarcelación extraordinaria" por enfermedad, ya que la provincia se encuentra en emergencia económica y no puede afrontar gastos en cuanto a nuestra enfermedad se refiere.

El Servicio Penitenciario no cuenta con presupuesto acorde para alimentar a la población, mucho menos para enfermos de HIV que necesitan de una dieta especial.

Son dos las enfermedades terminales en el ser humano: HIV y cáncer. Teniendo en cuenta esto no tenemos la garantía de salir con vida de esta Unidad, al no tener la atención especial que esta enfermedad requiere: antivirales, controles periódicos, alimentación, higiene.

Sugerimos señor Gobernador que tenga en cuenta nuestra situación ya que se puede pagar la pena con "arresto domiciliario o con trabajos comunitarios", haciendo así prevalecer la vida del interno y no su deuda con la sociedad que de la manera en que estamos pagando es "pena de muerte", encubierta pero pena de muerte al fin. Quisiéramos revea esta situación y de un vuelco positivo.

Estamos en un estado desesperante. Un compañero nuestro (M.C.) se está muriendo en el hospital de Posadas, días atrás falleció una interna de la Unidad 5 (R.R.) de 19 años.

¿Cuántos muertos deberá haber para reconocer que la provincia no tiene medios para tratarlos?

Queremos una salida lógica: pagan nuestra deuda con la sociedad y vivir. Queremos que Dios ilumine sus pensamientos a la hora de tomar una decisión humana ya que este tema eso requiere.

Lo saludamos muy atentamente y agradecemos su atención.

Firman: Alejandro Morán, Marcelo Abramson, Fabián Garibotti, David Gamón, Sergio Benítez, Mariano Kartasián, Emigio Méndez y Adrián Ramírez.

(Nota publicada en 2003 por Raúl Puentes en El Territorio).

 

 

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La crisis repercutió en la alimentación, la salud y la higiene de los presos de Misiones

 

Loreto está superpoblado y algunos duermen en el piso. En Eldorado están cómodos pero se quejan de los malos tratos. No tienen lo necesario para la higiene personal ni de los edificios. Las partidas para funcionamiento se redujeron a niveles muy bajos. Reclaman la atención de los jueces y el Gobierno.

 

Loreto y Eldorado. Los internos de los penales reclaman mejores condiciones de vida, sobre todo en aspectos relacionados con la salud, la higiene, la alimentación y el trato personal.

Aseguran que los castigos y las presiones que sufren de parte de los guardias son frecuentes y que exceden al mal comportamiento que pueden tener algunos de ellos, ya que se aplican con rigor cuando hacen algún tipo de reclamo.

Los responsables de los penales de Loreto y Eldorado admitieron que la comida bajó en calidad pero no en cantidad, que carecen de los elementos suficientes de higiene y limpieza, y que hacen falta medicamentos, pero negaron que los internos sean víctimas de malos tratos.

El Territorio recorrió ambos penales como parte de una investigación periodística sobre la cantidad de infectados con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), que causa la enfermedad del sida. La nota, que se publicó en la edición de ayer, da cuenta que serían muchos más los afectados en el penal de Loreto de los que admiten las estadísticas oficiales, según un informe extra oficial al que tuvo acceso este diario por una fuente digna de crédito de Salud Pública, que pidió la reserva de su nombre, además de dejar al desnudo que se desconoce por completo la cantidad de afectados en la población carcelaria en general. De todas maneras hay que recordar que los análisis de VIH son voluntarios y no compulsivos.

 

Coincidencias y diferencias

La gran mayoría de los internos de los penales están condenados por delitos cometidos contra la sociedad; el resto está procesado o son inimputables. Las cárceles tienen tres sectores donde alojan a los presos: el pabellón central, donde están los internos en general; el de seguridad y disciplina (la mayoría son inimputables), que alberga a los que tienen que estar aislados por seguridad, enfermedad o indisciplina; y el sector abierto, donde están bajo el régimen de autodisciplina.

Las diferencias entre los penales son notorias aunque en general, las condiciones edilicias de ambos son buenas: el de Loreto tiene cerca de una década y el de Eldorado, menos de dos meses. En Loreto están hacinados, superpoblados, duermen en el piso o en pedazos de colchones. Los baños están sucios, con costra. En Eldorado, como el edificio es nuevo, está en perfectas condiciones y con espacio de sobra, aunque la perforación de agua no da abasto para cubrir las necesidades. Están haciendo una nueva perforación y mientras tanto, tienen agua sólo unas pocas horas por día.

En los dos penales necesitan elementos de higiene, para los internos, y de limpieza, para los edificios: escasea jabón, papel higiénico, dentífrico, lavandina y máquinas de afeitar. Ambos tienen huertas y producen parte de los alimentos que consumen, pero los internos se quejan de la calidad y la cantidad de comida que reciben. Dicen que la mayoría bajó entre 10 y 20 kilos de peso en los últimos meses.

 

 

Hay más internos en Loreto de lo que soporta el penal

 

El alcaide principal de la Unidad Penal I de Loreto, Ramón Moyano dijo a El Territorio que tratan de mantener ocupados a los internos con distintas actividades. En la carpintería trabajan unas diez personas que realizan trabajos para ellos y para afuera, que se canjean por medicamentos, ropa o alimentos.

Producen todo tipo de verduras; huevos y carne de gallinas, y cerdos. Plantaron frutas para consumo interno que estarán produciendo en dos años y ahora están abocados a la construcción de paneles de avejas para producir miel.

Aún así, Moyano admitió que la alimentación no es la adecuada, "como hace un par de años, porque ahora bajó en calidad pero no en cantidad. Comen locro, poroto, sopa de arvejas, lentejas, arroz y fideo. Los enfermos de HIV tienen una dieta especial a base de pollo hervido, verduras y arroz blanco. Antes, el desayuno era matecocido con leche pero ahora, la leche es sólo para los afectados de HIV".

Según el alcaide, el plantel del penal está compuesto por médico, psicólogo, odontólogo, enfermeros, psiquiatra y un capellán. Sin embargo, los internos se quejan de la falta de atención del médico y del psicólogo, además de la carencia de medicamentos tanto para las patologías comunes como para los que tienen problemas piscológicos o de VIH.

"Algunos medicamentos conseguimos, pero no así aquellos que son especiales para los inimputables; con ellos no damos abasto", dijo Moyano.

 

Menos comida

La crisis nacional se siente con fuerza dentro del penal. Si bien las cárceles nunca brindaron condiciones óptimas, la situación económica actual produjo mayores necesidades: Loreto recibió este año sólo 3700 pesos para funcionamiento, sobre los 35 mil pesos que recibió el año pasado.

Para graficar la merma que produjo la crisis, se mencionan algunas reducciones: los 272 internos consumieron desde enero a noviembre de este año respecto del año pasado, 6400 kilos de carne de pollo sobre once mil kilos; 1300 kilos de carne molida sobre 1700 kilos; 3750 kilos de fideos sobre 6300 kilos; 260 litros de lavandina sobre mil litros; y para los móviles, mil litros de gasoil sobre 10.700 litros del año pasado.

 

"Que alguien se ocupe"

A pesar que el penal de Loreto está superpoblado, son varios los que no deberían estar alojados en ese lugar sino en hospitales psiquiátricos, otros que ya pagaron sus penas (y que reclaman que los jueces se ocupen de sus casos) y los menos, abandonados por sus familias, que con sólo presentarse y hacer la gestión correspondiente, podrían retirarlos.

Un interno, incluso, asegura ser un testigo protegido, de identidad reservada, por la causa del atentado a la AMIA que debería estar en una cárcel federal pero está alojado entre los presos comunes. Y dijo que a pesar de sus constantes reclamos, nadie se ocupa de él.

Demandan también urgentes traslados para quienes necesitan tratamiento médico o psiquiátrico, que se tengan en cuenta las denuncias por violaciones y apremios ilegales dentro del penal, arresto domiciliario y tareas comunitarias para los que pueden acceder a esos beneficios, y sobre todo, en lo qué más insistieron, que los jueces se ocupen de sus causas y que el Gobernador se interiorice sobre la situación en la que están los internos.

Dicen que quieren pagar la deuda que tienen con la sociedad pero reclaman un trato humanitario. 

 

 

En Eldorado se quejan por los fuertes castigos

 

Algunos internos del Complejo Penitenciario Eldorado también reclaman que los jueces se ocupen de sus casos, sobre todo de aquellos que ya cumplieron su condena y que aún están detenidos. Las carencias de alimentación, medicamentos y elementos de higiene personal y de limpieza son similares a las del penal de Loreto.

Los presos del penal de Eldorado coincidieron en que están cómodos en cuanto a las instalaciones, pero la queja de todos se centró en un mismo sentido: las golpizas y los castigos de todo tipo a los que son expuestos, no sólo aquellos que de por si tienen una actitud violenta o provocadora, sino también aquellos que se quejan por la comida, o reclaman por los pocos derechos que les corresponden. La mayoría aseguró que los castigos existen y otros, casi como una contradicción, dijeron que no querían hablar "por miedo a las represalias".

De todas maneras, tanto el director del penal, Ramón Morínigo, como algunos guardias aseguraron que esa situación no es real sino que forma parte del reclamo constante de los internos para lograr atención.

El penal tiene capacidad para 300 detenidos y su población actual es de 232 personas. Desde el Gobierno aseguraron, en ese sentido, que van a realizar traslados de Loreto a esta Unidad, y que además refaccionarán la vieja cárcel, que ahora está desocupada.

Algunos internos hacen talleres, trabajan en la panadería del lugar, donde producen lo que consumen, así como en las huertas o en otro sector donde producen carne de cerdo. Con la producción de mandioca, que reemplaza a la papa, ahorran cerca de 100 pesos por día.

 

Parte del sistema

"Sabés qué pasa..., de acá salimos resentidos; el sistema penitenciario, como está planteado, no sirve para nada; las cárceles son una escuela de delincuencia donde lejos de rehabilitarte, te cargan de resentimientos por el mal trato constante que recibimos. Algunos guardias son realmente muy humanitarios y buena gente, pero otros creen que las botas y el uniforme les da derecho a tratarte como a una basura; no todos los que están acá somos asesinos o violadores, la mayoría estamos por robo, no matamos a nadie, no le arruinamos la vida a un chico con una violación, pero para ellos somos todos la misma mierda", remató un interno después de más de media hora de escuchar el testimonio de sus compañeros.

En el sector de confianza y afianzamiento, donde están alojados los que tienen buena conducta o a punto de salir, "todo es mucho mejor, pero los que recién ingresan están mal; nosotros, acá, estamos bien, sobre todo ahora, que el edificio es nuevo. Pero igual falta medicamentos y elemenos de higiene".

 

Deudas por trabajos

Los internos pueden trabajar dentro del penal y reciben, por esas tareas, dos tipos de pecunio. Por un lado, a cargo de la provincia, por fagina, parquizado, trabajo en las huertas y por otro, a cargo del penal, por trabajos carcelarios, en talleres, cocina o panadería, por ejemplo. Por esos trabajos reciben 2,20 pesos por día, dinero que les permite solventar algunos gastos menores, pero reclaman que les deben desde hace años.

Desde la administración del penal admiten que están atrasados, por trabajos carcelarios, con los pecunios de parte de 1998, todo 1999, diez meses del año 2000 y todo el 2001 y 2002. Por los trabajos de fagina, deben de abril a diciembre de 1999; nueve meses del año 2000 y todo el 2001 y todo el 2002. Esto representa un promedio de 66 pesos por mes para los internos que trabajan. Para el Estado, la erogación promedio mensual es de 2000 pesos por trabajos carcelarios y 3200 por faginas.

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Carentes estructurales

Carentes estructurales

La casita es modesta y demasiado pequeña para los siete niños y su madre. Es de tabla, pintada de blanca, a la cal. El calor, que ese día superó los 36 grados, se siente con más fuerza en el interior; no hay agua potable ni luz eléctrica, pero tampoco hay algo para comer.

Esa casa chiquita para sus ocho ocupantes es, paradojas de la vida, extremadamente grande para los sueños, oportunidades y, peor aún, para el futuro de quienes pasan sus días en un hogar que no logra contenerlos.

A un costado de una intransitable calle de tierra, cinco hermanitos juegan con los jueguetes que pueden tener: pedazos de madera, latas viejas y un par de bolitas. Sonríen, se divierten, mientras esperan la hora para ir al comedor comunitario donde les espera, como hace diez días, sólo un plato de poroto, hervido con algunas verduras. Adentro de la casa, los dos hermanitos más chicos no saben si tendrán siquiera esa oportunidad: están desnutridos, o con bajo peso, según definirá un lenguaje técnico que permitirá eludir responsabilidades.

Marilín y Ezequiel son los más pequeños de nueve hermanos, pero dos de ellos ya no están bajo el mismo techo porque fueron tocados por la buena fortuna y pasan sus días en dos hogares, distintos, que tiene una organización no gubernamental que brinda asistencia a niños de familias sin recursos.

Ezequiel tiene veinte meses de edad y Marilín, ocho. Tienen el cuerpo menudo y los ojos saltones; son tímidos, pero curiosos. Pasan la mayor parte del día acostados en una de las dos habitaciones de esa casa pequeña, donde el calor de afuera se siente con más fuerza. Una cocina a leña calienta aún más el ambiente mientras hierve el agua para preparar la leche, el único alimento que conocen los dos pequeños.

 

Claudia, abandonada 

Claudia tiene 30 años. Es la madre de los nueve niños. Está desocupada y no tiene noticias del padre de sus hijos, desde hace meses. Su vida matrimonial estuvo signada por el maltrato, la violencia y el alcoholismo y aún así no sabe todavía si es mejor estar sola, o con él, para dar de comer a los niños.

Hoy sobrevive gracias a la ayuda que le brinda el Centro Integral de Rehabilitación Social Argentino (Cirsa), la misma ONG que se hizo cargo de los otros dos hijos que no viven con ella. El mayor, de 16 años, está en Buenos Aires, y otro, en el hogar materno infantil Luz de Luna, a pocos metros de su casa.

Claudia y cinco de sus hijos se alimentan en los comedores comunitarios y los dos más chicos, Marilín y Ezequiel, con signos visibles de desnutrición, sólo toman leche, gracias a la ayuda de la ONG vecina, que tampoco da abasto para cubrir las necesidades de sus propios internos.

Detrás de la casa pequeña, de tablas raídas y techo de cartón, crecen varias plantas de maíz y de zapallos que Claudia plantó para mitigar el hambre de la familia, pero todavía no dieron su fruto.

Según la mamá, el más afectado es Ezequiel. Tiene frecuente convulsiones. Hace seis meses se enfermó de gravedad y debieron trasladarlo de urgencia a Posadas. Para ello, una vez más recurrieron a la solidaridad, esta vez para pagar la nafta de la ambulancia. Las encargadas del hogar Luz de Luna pidieron prestado veinte pesos a la Gendarmería de San Ignacio, ya que siempre colaboran, y pudieron trasladar al niño a Posadas.

Pero el problema continúa, "porque el nene tiene que alimentarse y sólo toma leche; él nació bien pero al sexto mes comenzó a enfermarse; el médico me dice que tengo que darle de comer, pero la comida del comedor es para gente grande y yo no tengo posibilidades de darle otra cosa, mucho menos la comida especial", se excusa Claudia.

La casita es modesta y demasiado pequeña para los siete niños y su madre. Es de tabla, pintada de blanca, a la cal. Al lado de la puerta de entrada, unas latas clavadas en la pared tienen algunas plantas. Afuera hace más de 36 grados, pero adentro, donde están Marilín y Ezequiel, el calor es mucho mayor; no hay luz eléctrica ni agua potable. Pero tampoco hay algo para comer.

 

 

 

La falta de educación, la carencia estructural

 

Es probable que el problema de Claudia no tenga relación directa con la crisis que afecta a todo el país. Viene de otro contexto y refleja la realidad de otros miles de misioneros (y otros tantos más argentinos), donde la situación cultural y social fue el disparador de la vida que hoy le toca en suerte.

Claudia tuvo a su primer hijo a los catorce años y desde entonces, durante 16 años, tuvo ocho niños más. Siempre fue pobre y tuvo una vida plagada de todo tipo de carencias, donde el factor económico fue quizás, uno de los menos importantes.

Todavía no había terminado de crecer cuando la vida le puso hijos a quienes debió educar. Terminó de madurar con las limitaciones lógicas que impone, en forma unilateral, su experiencia de vida. Lo más probable es que tampoco logre transmitir a sus propios hijos las herramientas necesarias para que la historia no se vuelva a repetir.

El hijo mayor ya está separado de la familia; uno de los hermanitos también; los dos más chicos están creciendo con deficiencias alimentarias; los otros cinco crecen en un hogar desmembrado, con todo tipo de carencias. Claudia sólo tiene 30 años y repetir aspectos de su vida desgraciada es, a esta altura, redundante.

Nadie sabe con certeza qué pasará en el devenir de los años con cada uno de los protagonistas de esta historia, pero el desenlace es predecible, más aún si nadie interviene en la medida en que debe intervenir.

Esta familia, todos, cada uno, como otros tantos misioneros en la misma situación, necesitan todo tipo de ayuda, sobre todo aquella que supere lo alimentario o lo material, más ayuda aún de la que puede proporcionar un Plan Jefe y Jefa de Hogar que algún voluntarioso les pueda conseguir.

 

Las necesidades básicas y las indispensables

 

La pobreza no debe ser sinónimo, en ningún lugar del mundo, de violencia, abusos o alcoholismo; mucho menos en Misiones, una provincia chica donde estas patologías pueden tratarse siempre y cuando haya voluntad de hacerlo, máxime cuando se pueden detectar con facilidad, para cortar la fatídica cadena.

Quizás, para algunas mujeres, pueda parecer normal que la violencia sea parte de la vida matrimonial; o que el alcoholismo sea una característica de hombres con determinados perfiles. Lo que no se concibe como aceptable es que desde los sectores con competencia en este tipo de problemática no sólo se conozca la situación sino que no se ponga la energía necesaria para revertirla. En definitiva, cómo seguir justificando la falta de educación integral de los sectores con más carencias. Es cierto que en cualquier gestión social primero hay que atender las necesidades básica (alimento, vestido y vivienda) pero sería un error quedarse durante décadas sólo en eso.

La pobreza tampoco puede ser sinónimo de hambre o de desnutrición, mucho menos, también, en una provincia donde cualquiera tira una semilla al suelo y crece. Y menos aún, mucho menos, cuando la mayoría de las personas de menores recursos no viven precisamente en departamentos, o en villas de emergencia rodeadas de asfalto, cemento o tierras improductivas. La gran mayoría de estas personas están asentadas en terrenos que pueden contener, cuando menos, una huerta familiar, en los casos en que no estén ubicados en municipios chicos o directamente en zonas rurales.

Si bien es cierto que en la huerta no está la solución de fondo, pero al menos ayudará a sortear la situación más crítica.

El Estado no es responsable de los casos particulares de violencia, de alcoholismo, de desnutrición, de marginalidad. Quizás Claudia tampoco sea la responsable de haber tenido nueve hijos a los que no puede educar ni alimentar. Su esposo, que finalmente la abandonó, puede que tampoco sea el responsable de su carácter violento y descomprometido.
Pero la responsabilidad de todos, de cada uno, está en aceptar como válidas todas y cada una de estas situaciones, y no hacer nada para revertirlo. Es decir, de no dimensionar el problema. En definitiva, de no educar.
(Nota publicada por Raúl Puentes en el diario El Territorio, en 2003).

Imponente Misiones

Imponente Misiones Silencio. Los sentidos bien dispuestos. Ya estás en Misiones y comenzó el espectáculo. Los mil tonos de verde de la vegetación contrastan con el rojo furioso de la tierra y el color del agua, de sus cientos de arroyos. Es un lugar increíble para disfrutar. Es Misiones, el lugar para vivir la naturaleza, donde la tierra sin mal que despierta los sentidos, todos los sentidos. Un paraíso al alcance de todos.
Se estima que el hombre habita este lugar desde hace unos diez mil años. Hoy, Misiones cuenta con 500 mil hectáreas de zonas naturales protegidas, dos reservas internacionales (Reserva de Biosfera Yabotí y Parque Nacional Iguazú); dos Patrimonio Mundial de la Humanidad (las reducciones jesuíticas y las Cataratas del Iguazú), parques provinciales y su gente, su increíble crisol de razas siempre bien dispuesta a tender una mano amiga, hermanada por miles de caminos serpenteantes que cruzan paisajes.
Los cuentos y leyendas, sus más de dos mil especies de plantas, más de 400 especies de aves y algo más de cien especies de mamíferos son parte de la oferta que no termina ahí. Este paraíso ecológico cuenta también con más de 300 saltos y cascadas, innumerables correderas e incontables cursos de agua, para que la magia sea total. Para que nunca la quieras dejar.

La vida desde arriba de un camión

La vida desde arriba de un camión Walter “Beco” Montalto recorre gran parte del país

Por Fernando Alvarenga

Divertido, inquieto y trabajador. Beco Montalto recorre las rutas del país para cumplir con una tarea que realiza la mayor parte del año: la del camionero.

“La vida de un camionero no se cuenta, se vive”, respondió Walter Montalto, (Beco para sus amigos, de lente en la fotografía que ilustra esta nota), cuando le propusieron una entrevista sobre sus experiencias arriba de un camión. Así que para conocer algunos detalles de su vida y ver cómo las vive, el periodista de Contexto se transformó en camionero y recorrió medio país durante cuatro días intensos, llenos de vivencias y situaciones desconocidas.
Diario de viaje. Sabía que me esperaban al menos cuatro días viajando para poder contar qué se siente, así que convenimos un lugar, Córdoba, y una tarea: descargar, cargar y volver a descargar.
El miércoles 18 de agosto, Beco llegó a Córdoba desde Santa Cruz, con varias toneladas de sal encima que descargaría en un depósito. Antes me invitó a subir, pero me exigió que me quitara las zapatillas. Pensé que era broma, pero cuando estuve arriba entendí que no. El camión estaba equipado “hasta la maceta”. Tenía una manguerita de aire para limpiar el polvo, viajaba descalzo para no ensuciar, no se podía fumar. Todo brillaba.
La cabina estaba equipada con un televisor de ocho pulgadas para captar los canales de aire, y un pasacassete con dos triaxiales que empujaban los clásicos de los ´80. Otro entretenimiento con el que contaba era un celular nuevo, que no paraba de indicar que recibía un mensaje tras otro.
Fuimos al depósito a descargar la sal y vivimos el primer problema: el dueño le devolvió una parte porque supuestamente había pedido menos. Con la sal sobrante partimos hacia el sur. Descargamos harina en los molinos de Laboulaye, al sur de la provincia de Córdoba, y en el camino lo esperaba parte del “Convoy” – denominación que se le da a un grupo mayor a tres unidades-. Se trataba del camionero Mario Werteporoj, quien nos acompañó durante los cuatro días de aventuras.
El viaje fue ligero ya que ambos camiones estaban descargados y, a través de los mensajes de textos que permiten los teléfonos celulares, arreglaron el asado con la tercera parte del convoy que llegaría a Laboulaye más tarde, cuando el asado estaría listo.

El descanso
Llegamos alrededor de las 10 de la noche, compramos un poco de carne, lechuga y nos acercamos al “semi” de Mario, donde tenía escondida una cocina. Prendió el horno, condimentó la carne, abrió un vino patero y cocinó a fuego lento mientras esperaba al “Japones” que cenaría con nosotros.
-Esto es un campamento ambulante- dijeron –acá nos cocinamos, nos bañamos en las estaciones de servicio, siempre hay que tener harina, aceite y sal para no morirse de hambre si se rompe el camión en la intemperie... siempre es así.
Llegó el Japonés –así lo conocen, así se presentó- y comenzó la cena. Era la 1 de la mañana y todos estaban cansados; a las siete debían pedir turno para cargar.
Miramos una película empezada en canal 13, que era la única señal que se sintonizaba en esa zona y nos acostamos dentro del camión. Beco en la cama que tiene la cabina y el periodista de esta historia, en el piso, esquivando los asientos y la palanca de cambio.
Los horarios de carga de Mario y Beco coincidieron la tarde del jueves, así que el grupo partió, abandonando al Japonés. Y se rompió el convoy.
Iniciamos el regreso a la noche, con la idea de llegar a Rosario pero un desperfecto en el embrague del camión nos detuvo. Mario regresó y con su experiencia de varios años en el transporte, solucionó el problema. Esa vez dormimos en una estación de servicios.

Un nuevo día…
Al día siguiente, después del mate, partimos con deseos de llegar a Rosario y comprar unos repuestos. Beco dijo en ese momento que “siempre hay que tener un alambre, un pedazo de cable. Esta vez nos acompaña Mario, pero suelo viajar solo. Mi ruta está en el sur, tengo cuatro días de viaje a Santa Cruz, y el viaje allí es muy aburrido, porque hay rectas, desiertos. Yo me veo obligado a hablarle al camión. Le felicito si anda bien, le pido por favor que no me deje en banda, pongo acelerador de mano y levanto las piernas; si me estoy durmiendo, paro un rato, duermo y sigo, pero así es la vida del transportista. Mientras viajo hago proyectos, como en que invertir la ganancia, si formar una familia o no porque tengo 32 años y con esta vida de viajero no tengo mucho tiempo para emprender algo. Pero cuando termino cualquier viaje me olvido de todos los proyectos y vuelvo a empezar”.
Cruzamos Rosario cerca del mediodía y en plena ruta paramos a almorzar en una parrilla exclusiva para camioneros. Nos atiende una mujer de edad y nos dice que para comer tienen de todo: voy al baño que está en el patio, donde tiene cinco o seis perros flacos y feos que ni se mueven. El baño no tenía luz... ni cadena. Era un pozo grande y bastante ciego.
Resultó que el menú era reducido, y estábamos solo nosotros. Comimos milanesas fritas con “aceite similar al de los camiones” y ensalada. Pagamos 30 pesos y nos retiramos. Para mi fue poco habitual, pero ellos están acostumbrados a que el campamento ambulante suele ser mejor que los paradores ocasionales.
Seguimos el viaje y cuando llegamos a un control de la Policía de Tránsito de Santa Fe, donde uno de ellos nos detiene y nos pregunta “si sobró algo”. Beco, para este tipo de eventos, tiene monedas preparadas que las entrega…, antes de seguir con el viaje.
“El 80 por ciento de los milicos no hacen lo que se les enseña en la escuela de Policía. Ellos solo quieren una coima, no les importa el contenido de la carga, si andan bien los frenos, si los papeles están en orden. Sólo quieren una coima. Y uno, a veces, observa los chicos en la calle pidiendo dinero y dan ganas de decirle “¡Andá a laburar!” y estoy milicos tienen sueldo fijo e igual piden plata. En los 3200 kilómetros que tengo de ida, de cuatro controles, tres piden coima. Sin embargo la gendarmería es mucho más seria”.

Lento regreso
El viaje continuó hasta Santo Tomé, Corrientes, donde paramos a descansar, con ganas de llegar el sábado temprano a Puerto Rico. Al otro día, la lluvia sometía fuerte y avanzábamos a una marcha muy baja. Ahí Beco explicó las diferencias climáticas que se sufren.
Si la carpa del camión está mal, la lluvia puede mojar la carga y arruinarla: eso es responsabilidad del transportista. En el camino, de acuerdo al lugar y la época del año, se pueden vivir grandes nevadas en el sur, donde incluso ni con cadenas se puede avanzar, y para poder dormir se deben utilizar al menos dos garrafas de gas para combatir el frío.
Por otro lado, en el Norte, en la zona de Jujuy, los calores son infernales (¿más que los de Misiones?).
En la soledad, cuando se acerca las seis de la tarde y veo los ranchos, las casas en invierno con las chimeneas prendidas, me dan ganas de estar en mi casa, con mi gente, descansando, pero se que tengo que seguir, todavía no me toca esa comodidad.
El sábado a las doce del mediodía llegamos a Misiones; recién el lunes había que dejar la harina en Iguazú, así que teníamos el fin de semana para pasar en nuestros hogares. Mario se despidió de nosotros en el control de peaje de Santa Ana, donde sacamos la foto. Nosotros avanzamos hasta Jardín América, donde vive Beco. Me despedí y en ómnibus legué a Puerto Rico. Beco me había ofrecido que lo acompañara a Iguazú para descargar y finalizar el recorrido. No acepté la oferta, puesto que para contar la historia ya había vivido bastante.
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