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Revista Contexto

Pepirí Miní, una postal viva de las colonias esencieras de hace 100 años

Pepirí Miní, una postal viva de las colonias esencieras de hace 100 años Están rodeados de áreas protegidas y viven de la producción de esencia de citronella

Así habrá sido al principio. La Colonia Pepirí Miní puede ser una muestra de la forma en que comenzó la vida de los productores en Misiones. Son 22 familias que viven como hace 100 años, lejos de la globalización, sin luz eléctrica ni teléfonos. Además producen casi todo lo que consumen.

COLONIA PEPIRÍ MINÍ. Parece una vieja postal. El rojo intenso del único camino, angosto, que corre paralelo al río Uruguay contrasta con los arbustos de hojas largas y afiladas que crecen por todos lados. Son las plantas de citronella que dan sustento económico y razón de ser a un poblado de 22 familias que viven detenidas en el tiempo.
Es una angosta franja semiplana de unos dos mil metros de largo, y no más de cuatrocientos de ancho, ubicada entre el río y un paredón natural todavía recubierto de selva paranaense. Es el último pedazo de suelo misionero, arrinconado por los cerros, donde sólo se escuchan radios del Brasil y la lengua cotidiana es una mezcla de portuñol y portugués.
Nadie sabe con certeza cuántos años tiene la colonia Pepirí Miní, en el municipio de El Soberbio, pero la mayoría vivió toda su vida aquí, al lado del río, mirando a la enmarañada mata verde del otro lado de la costa que se yergue imponente: el parque Estadual do Turvo, de 17 mil hectáreas. Y de este lado son parte de la reserva de biosfera Yabotí, de 253 mil hectáreas, pero esa es una historia que prácticamente desconocen.
La vida transcurre con la luz del día, en torno de la producción de esencia de citronella. Todos tienen un alambique y hay un par que lo comparte. No saben de días patrios ni de feriados y la Navidad o el Año Nuevo los encuentra recién al día siguiente, porque se acuestan temprano, después de la cena familiar. Las pocas fiestas se realizan por lo general en torno de la escuelita o de algún casamiento o bautismo, con novios y padrinos siempre de la misma religión.
Es gente de trabajo, incansable y saludable. Cultivan y producen prácticamente todos los alimentos que consumen, ya sean aquellos que brinda la tierra como los que pueden elaborar.
La colonia Pepirí Miní tiene poco más de 100 pobladores. Está ubicada a unos dos kilómetros aguas abajo del destacamento del mismo nombre de la Gendarmería Nacional, y a unos 55 kilómetros aguas arriba de El Soberbio, el poblado más cercano y con el que se comunican por agua, en caicos, esos botes de madera de fabricación casera, que por lo general hacen de un árbol ahuecado. Por tierra, unos 60 kilómetros los separan de El Soberbio, pero el último tramo, es transitable sólo para vehículos especiales, o a pie. Es común ver perdidos en la nada a algunos hombres, saliendo en medio de la selva hacia el camino que une los saltos del Moconá con El Soberbio.
Son personas sencillas, amables, reservadas. Hacen sus comidas y sus propias ropas (en todas las casas hay una máquina de coser), así como sus casas o sus reparaciones; lograron conformar una sociedad con sus reglas propias, estrictas pero solidarias, con una profunda base religiosa, donde la sanción, cuando es necesaria, pasa siempre por lo moral.
Más de 100 personas viven a diario una vida particular; tranquila y saludable, sin las comodidades de la ciudad pero sin sobresaltos. No hay luz eléctrica, teléfonos ni televisores y las heladeras son a gas o a kerosene. Se juntan bajo la sombra de un árbol o en las galerías elevadas de sus casas de madera. Hay mucha paz y un entrañable silencio. Son todas personas humildes, todas muy prolijas, limpias al extremo y sumamente trabajadores. Alguna vez leyeron que la desnutrición era un problema de la superpoblada Africa, "pero acá es imposible; acá nunca vimos eso".

El verde poblado
Acá todo es verde, salvo la calle y el río. Todas las casas son de tablas. La Colonia Pepirí Miní está asentada sobre tierras privadas pero sus ocupantes saben que no serán molestados, porque están así desde que tienen memoria, e incluso, desde antes. Forman parte de las tierras privadas que a su vez integran la mal tratada reserva (según la Unesco) de Biosfera Yabotí, de más de 253.000 hectáreas pertenecientes a los ecosistemas de la Pluviselva Subtropical con áreas naturales protegidas, la misma que linda río de por medio con el Parque Estadual do Turvo, una de las zonas núcleo de la Reserva de Biosfera de la Mata Atlántica de Brasil.
Esta colonia que hoy no tiene posibilidades físicas de expansión pudo haber nacido cuando la compañía que explotaba la forestación de la zona, hace unos 100 años, desmontó esta barranca para que paste el ganado que arrastraba la madera del desmonte hacia el río, para las jangadas que bajaban por el Uruguay. Los actuales pobladores de a poco se fueron quedando y a pesar del aislamiento, tienen todo lo que creen necesitar: un aula satélite ahora con paneles solares provisto por una empresa privada de Canadá, una pequeña capilla y la solidaridad de sus pobladores. La tierra le brinda el resto.
El lugar es increíble y tranquilo; las plantaciones de citronella abundan y se mezclan con las de mandioca, banano o mamón, que se observan a simple vista. El grado de dificultad de acceso o ingreso, por tierra, quizás justifique en parte la aislación del lugar, sostenida también por la voluntad de ese puñado de trabajadores incansables que ya están en sus tareas apenas amaga el sol. Es que no hay luz eléctrica y todo se debe hacer durante el día.
No hay salas de primeros auxilios y ante las urgencias, muy poco frecuentes, recurren a la Gendarmería. Ahora la escuelita (aula satélite de la escuela de Frontera 618) tiene un equipo de radio con el que se pueden comunicar, pero eso es nuevo, "gracias a un muchacho de la tele". El muchacho al que se refieren, y cuyo nombre desconocen, es Julián Weich, que con su programa sorprendió a la escuelita con un equipo de radio, juegos infantiles y un generador de energía que ahora fue reemplazado por los paneles solares de los canadienses.
La organización lógica y solidaria
La organización sui generis de una colonia particular no está reglada en los papeles sino que surge del sentido común y las necesidades colectivas. Cada uno atiende su propio trabajo, pero cuando un vecino está en apuros, todos dejan sus actividades y se dedican a ayudar al necesitado, sea para lo que fuere: desde construir una casa o un galpón, hasta la cosecha o la producción de esencia de citronella. Hubo pocos casos donde el fuego destruyó un alambique pero la respuesta solidaria (entendida como necesaria y lógica), no se hizo esperar. Así funciona la colonia. Así subsistirá la maestra Norma Holoveski durante todo el verano ya que "un error administrativo", de esos que se cometen en Posadas y nunca a favor del docente, le dió de baja en una escuela y olvidó darle el alta en la otra, y por lo tanto, no cobrará durante el receso.
Bajo la sombra de un paraíso unas pocas mujeres están reunidas, a la salida de la iglesia, en realidad una pequeña capillita de madera ubicada a un costado de la escuela. Se toman unos minutos antes de volver a sus casas a preparar el almuerzo. Al principio cuesta un poco sacarles información sobre la producción de esencia porque es una actividad que tienen tan internalizada que hasta les resulta extraño pensar cómo se hace para poder explicar.
La esencia de citronella es el sustento. Plantan y producen en el mismo lugar. Incluso el "esenciero" viene desde El Soberbio a comprarles la producción a la misma colonia, "y paga de contado, porque sino no se puede", explican con la lógica comercial.

Economía básica
Por estas épocas manejan dos precios: unos les paga por kilo de esencia (unos 800 cc) 13 pesos y el otro, 15 pesos. La producción promedio, con sus variantes lógicas, ronda los 180 kilos por cosecha y cada familia hace dos cosechas al año: es decir que producen 360 kilos de esencia por año, que representa entre 4500 y 5500 pesos anuales, de los cuales unos dos mil pesos se irán en gasto de producción, entre leña y peón.
Con el resto del dinero deberán pasar el año. En el caso de Arcenirio Rodríguez le resulta suficiente: "Somos dos en mi casa, con mi esposa y con eso tiramos, porque después, durante el año, vendemos huevos, grasa de chancho, o un chancho, y podemos vivir; la plata de la citronella vamos ahorrando", para comprar ropas, medicamentos y los pocos alimentos que no producen.
Los productos que cultivan y venden fuera de la colonia, y que acompaña a la producción de citronella son soja, maíz, esponja y porongo, en unas 220 hectáreas plantadas (para venta y consumo) en toda la colonia, de las cuales, unas 60 hectáreas corresponden a plantaciones de citronella. Cada productor tiene cerca de tres hectáreas de promedio plantadas.
La citronella al ser una plantación de tipo perenne conserva el suelo y el mantenimiento que requiere es mínimo. Se realizan dos cosechas al año, una durante el invierno y otra en verano.
De la destilación de este pasto se obtiene el citronelal o esencia de citronella que es comercializable. Para la obtención de la esencia a partir de la citronella se requiere de un alambique, instalados casi siempre cerca de pequeñas vertientes o arroyos porque el proceso de destilación requiere mucha agua (tienen cierre hidráulico y la leña es el combustible). El sistema funciona a fuego directo y a temperaturas altas y discontinuas.
Rodríguez cosecha la citronella y hace el trabajo de destilado. Después, con la ayuda de Lourdes, se dedican a las plantaciones anuales: mandioca, poroto, maíz, todo para consumo. Y el resto del tiempo, a la cría de los chanchos, vacas y las tareas comunes de la casa.
Algunos memoriosos creen que Colonia Pepirí Miní tiene más de cien años. Ahora son 22 familias, pero hace unos años éramos menos, aunque siempre son los jóvenes los que se van marchando, en busca de sus propios destinos. "Antes se trabajaba con hacha, con bueyes, echaban el árbol y lo llevaban con la jangada; nos quedamos sin trabajo y fuimos a pedir a los encargados para poder quedarnos; dijeron que si, y se fue quedando otra gente y se fue armando la colonia". Así se quedó Rodríguez en la costa argentina, donde nacieron sus hijos que suelen volver un par de veces por año, a recordar el aroma a citronella de la infancia, que hasta hoy permanece en el aire.

Costumbres caseras
Mientras el mate pasa de mano en mano en la galería, donde están reunidos los hombres, los olores que salen de la cocina se mezclan entre sí pero se puede percibir que el almuerzo tendrá pan casero fresco, y cerdo, conservado ya cocido en latas llenas de grasa. El poblado cambió muy poco en los 31 años que lleva el brasileño Arcenirio Rodríguez viviendo de este lado del río. Lourdes, su esposa, camina varias veces de la cocina al patio, hacia el horno de barro donde se cuece el pan. Ya tendió la mesa y preparó un jugo de mandarinas, de frutas cosechadas hace minutos de las plantas ubicadas a un costado de la casa, mientras el hombre atiende a los visitantes.
La limpieza de la casa familiar sobrepasa lo imaginable. Todo es muy modesto, pero prolijo y pulcro al extremo. Lourdes acepta, tímida, los merecidos halagos por la comida y el esposo, en un español esforzado, da detalles de la vida cotidiana, sencilla y de esfuerzo en un lugar desolado pero rico en historia.
La venta de la esencia de citronella, actividad que practican todas las familias, representa la única entrada de dinero dos veces por año. Después, sobrevivirán de la autoproducción y de la venta y el canje de productos caseros, huevos o carnes de cerdo y pollo en el pueblo, al que llegarán después de cuatro o cinco horas de remo.
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